Por Marc Ros
Cuando era pequeño creía que los Beatles eran cinco, estaban los cuatro miembros vestidos de traje, botas de piel, peinados con flequillo y el melenudo de las gafas metálicas redondas. Tenía cinco años y hasta los diez estaba absolutamente convencido que los Fab Four eran en realidad los Fab Five.
Mi padre tenía una edición en vinilo de The Beatles At The Hollywood Bowl que me volvía loco, lo quería escuchar a todas horas, especialmente la canción “She Loves You” (yo cantaba Siropiu ye, ye, ye), no sé exactamente que es lo que me excitaba tanto de aquel disco, por qué un niño de cinco años conectaba de aquel modo con aquella música, pero era pura alegría, una emoción expresada a gritos y a brincos sin ningún prejuicio intelectual. Un día de 1980 llegó la noticia del asesinato de John Lennon y esto me confundió muchísimo, fue como haber perdido a un familiar, el tío que vive en el extranjero y te hace los mejores regalos, mi madre puso la foto de John que hay en la funda del White Album en una estantería como homenaje, el retrato donde sale con melena y gafas metálicas redondas, el quinto Beatle había muerto. Nunca más pedí que me pusieran el disco, estaba traumatizado, no volví a escuchar a los Beatles hasta mucho tiempo después…
Tenía diecisiete años y estaba en una playa de la Costa Brava tomando el sol y bañándome con mis padres y mi hermana, les dije que me iba a dar una vuelta. Cogí la bolsa donde llevaba un porro que lié la noche anterior y el walkman (¡reproductor de cassette!) con el Revolver que un amigo me prestó en el instituto el último día antes de las vacaciones. Llegué al final de la playa donde empiezan las rocas, me senté, encendí el porro y le di al play, ese día de verano mi vida cambió. No daba crédito a lo que llegaba a mis oídos -eso que suena soy yo- me decía -estas canciones están hablando de mí- fue un acto de fusión el que se produjo entre el Revolver y mi persona, estaba haciendo un millón de planes para cuando volviera a Barcelona en septiembre, me dejaría el pelo largo, compraría ropa de segunda mano y montaría un grupo de rock que sonara igual que este disco de 1966.
Axel y yo estábamos buscando bajista a finales de los noventa. Un viernes salimos de copas y nos encontramos con Carlos Cros, que por aquel entonces tocaba el bajo y cantaba en los Selenitas. Carlos nos aseguró que conocía al candidato perfecto para Sidonie y me dio el teléfono de un tal Jesús. Lo llamé al lunes siguiente y me dijo que estaba tocando con La Vaca Multicolor, pero que quería probar cosas nuevas, hablamos de música y nos dimos cuenta que teníamos unos gustos peligrosamente similares, le dije que le haríamos una prueba y que propusiera una canción para tocar ¿tienes el Revolver de los Beatles?-preguntó- ¿tocamos “Taxman””? En ese mismo instante ya supe que ese tipo sería el bajista de Sidonie.
Llegó el día del “casting” y apareció Jesús con esa pinta que parecía sacado de la portada del Rubber Soul, sacó el Rickenbacker de la funda, se lo colgó y empezamos a tocar “Taxman”. Como sonaba aquello, era lo que estaba buscando desde aquel lejano día de verano en la costa. Por compromiso, ya que Axel y yo ya habíamos decidido que Jesús era el hombre, todavía nos quedaba un bajista por probar. Era la misma tarde y Jesús se quedó en nuestro local, al parecer conocía al otro candidato que estaba visiblemente nervioso y le propuso que él se encargaría de sacarle un buen sonido al amplificador, el canalla manipuló de tal modo el ampli para que sonara a rayos y no dejó de mirarle amenazadoramente a los ojos durante toda la prueba. Jesús quería el puesto tanto como nosotros lo queríamos a él pero nos asustó un poco su proceder de gángster.
Nuestra historia siempre estará vinculada a los Beatles y no solo profesionalmente. Para mi son una influencia vital, Timothy Leary decía que eran un estado mental y yo lo suscribo. Cuando entramos por la puerta de los estudios Abbey Road de Londres para masterizar El Incendio fue como cerrar un círculo, estar entre las mismas paredes donde grababan los Beatles nos hizo sentir como niños de cinco años, era una la alegría y una emoción que expresamos a gritos y a brincos.

Foto: Albert Manau
















